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Nuestra Historia

 

 

Rocha, Miércoles 24 de abril de 2019


Presidencia y tribunales de honor
 
Por Hebert Gatto
Los sucesos iniciados el 12 de Febrero, con la caída del Gral. Manini Rios, parecerían superarse con la designación de un nuevo ministro. Pese a que en este complejo tema de las relaciones entre civiles y militares, donde los desatinos de unos y de otros se acumulan geométricamente desde hace años, nada resulta seguro. En lo inmediato, siete generales más la cúpula del ministerio correspondiente, fueron el costo de una operación que no debió producirse. Y que si acaeció, fue por la impericia de un Poder Ejecutivo incapaz de manejarla. Y digo esto, sin pretender afectar en lo más mínimo la subordinación que los cuerpos armados deben, en toda circunstancia, al poder civil
¿Los Tribunales de Honor, causantes del actual mamarracho, deben persistir? Creo que solo cabe una respuesta. Debido a su arcaísmo o quizás por él, lucen como una institución medioeval, un instrumento social que sus adeptos creen que otorga a sus miembros un honor particular. Una esencia mítica ajena a los civiles. De allí, argumentan, la necesidad de preservarlos. Pero de allí también, para quienes creemos en una justicia única y común la ineludible urgencia de derogarlos. Tres oficiales, condenados a largas penas de penitenciaria por homicidas, en tres instancias sucesivas. Suprema Corte incluida. Sin embargo ello no fue bastante: en nuestra República degradar militares requiere la conformidad de sus pares. Estos los juzgaron: excusaron a uno y condenaron a otros dos, no por homicidio múltiple, sino por un delito contra sus iguales. Fallo homologado por Presidencia y más tarde, incomprensiblemente, causal de nuevo escándalo y fulminantes destituciones de sus redactores.
De acuerdo al art. 99 del Dec. 55/85 los fallos de honor deben expresar“ “ las propias convicciones” de sus jueces. Además de mantener independencia de las previas opiniones de los Tribunales Civiles o Militares. El Poder Ejecutivo, podrá, de no compartirlos, rehusarse a homologarlos, pero ello no debería implicar, tal como sucedió, destituir a sus redactores. Si no ¿por qué exigirles convicción en su proceder? ¿Cuál sería la libertad de opinión de estos jueces si sus fallos, buenos o malos, estuviesen predeterminados? ¿Cuál su honor, si aceptaran fallar bajo presión?
Es cierto que el Presidente puede prescindir libremente de cualquier general bajo su mando. Puede hacerlo en todo tiempo y sin expresión de causa, pero ello, con ser cierto, no autoriza ni la arbitrariedad ni la injusticia. Menos aún puede justificarse, como también parece haber supuesto, que el despido de los mencionados oficiales se funde en su apartamiento de los dictámenes de la justicia ordinaria. Omite que, según el decreto 55, tal divergencia es válida.  Pero incluso, aún admitiendo que al tribunal de honor solo le cupiera ratificar (no contrariar) las sentencias civiles ¿cuál sería en tal caso su función? Tampoco resulta consistente, como causal de cese, la ausencia de notificación al superior por el mismo Tribunal, del delito cometido por Gavazzo. Omisión invocada por Vázquez para despedir a sus miembros. Según declaró Manini Ríos, él fue advertido y, pasado un tiempo, ordenó proseguir el proceso, sin comunicar el hecho. Entonces, de ser cierto, ¿qué justifica la sangría presidencial del generalato? ¿Cómo explicar su ligereza respecto a las funciones y deberes de sus subordinados militares?

 


Algo más que palabras

¡No más nudos entre nosotros!
 “El mundo será lo que nosotros queramos que sea”

 

Víctor Corcoba Herrero 

Vivimos tiempos propicios para la reflexión calmada, ya que desde la aurora de la Pascua una nueva primavera de luz nos anima, y en verdad que necesitamos, (creyentes y no creyentes), de este sosiego meditativo, al menos para desenredar los diversos nudos que nos hacemos unos a otros durante el camino existencial. El acontecimiento está ahí, no es un sueño, ni una visión utópica, renace en nosotros cada año como algo único e irrepetible, continúa siendo la gran noticia para toda la humanidad: Jesús de Nazaret, hijo de María, que en el crepúsculo del viernes fue bajado de la cruz y sepultado, ha salido vencedor de la tumba. En efecto, el anuncio de la resurrección no es un invento, sino una realidad histórica que nos acrecienta de luz y esperanza. Ojalá, pues, los moradores del planeta en su conjunto se reconcilien entre sí, y ayuden a consolidar un futuro de seguridad común, a través de una pacífica convivencia, sin otras armas que las de la justicia y la verdad, la clemencia y el entendimiento, el compromiso y el deseo del bien.
Desanudémonos y confluyamos  en un lenguaje en el que nos veamos de modo transparente, con los ojos de la autenticidad y la mirada redentora de quien es poesía sobre todo lo demás, y que espera junto a nuestra palabra, también nuestra acción. El mundo será lo que nosotros queramos que sea. No lo olvidemos. Ya está bien de torturarnos mutuamente, de maltratarnos como salvajes, de violentar nuestros propios derechos humanos. Por si fueran pocas estas hazañas de odio y venganza, también somos una sociedad contaminante, destructiva a más no poder, a la que le falta voluntad y coraje, para hacer de sus buenos propósitos otros caminos más armónicos, de modo que lleguemos a ser realmente consanguíneos de Jesús de Nazaret, colmados de su paz y, así, de igual modo hermanados en esa diversidad que nos enriquece y esperanza por las vías del mundo como linaje.
De una vez por todas, por tanto, no más nudos entre nosotros. Pensemos que Cristo murió en la cruz por amor. Y bajo estos níveos sentimientos, la misma noche oscura, comienza a esclarecer y a renovarse. Es tiempo de rescate, de encuentros con la vida y con nuestros equivalentes, de despojarnos de nuestras miserias y tomar otras inquietudes más trascendentes. Docto símbolo de esta verdad es la saeta entonada desde el manantial poético del alma, siempre dispuesta a destruir el mal y a calmar los corazones afligidos, para acabar floreciendo con otros andares más del corazón que del cuerpo. La mano del Redentor nos sustenta, y así podemos versar el canto de los redimidos, el tierno y el eterno ¡aleluya! del amor pleno. En consecuencia, hay que volver al verso más profundo para sentirse un melódico universo en el pulso materno de la auténtica vida, donde las ayudas humanitarias no escasean, porque el amor verdadero lo auxilia todo y lo compadece por siempre.

 

 

 


  

 

 

 

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