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Rocha, Lunes 9 de octubre de 2017

AYER FUI AL CHUY

Por Julio Dornel
“Ayer fui al Chuy con mi mujer, mi suegra, mi cuñada y mis hijas”.
Estamos disfrutando de los últimos meses del 2017 y en realidad nada se nos ocurre para ocupar el espacio que alguno de ustedes, justifican con él “Me Gusta” y continúan alimentando el ego y estimulando nuestras pretensiones de “escribidores”.
Revolviendo papeles nos encontramos con una crónica del escritor Marciano Duran, donde nos relata en forma pormenorizada las circunstancias vividas por él y su familia durante un viaje a nuestra frontera.         
¡Cómo me gusta ir al Chuy!
Mi mujer me indicó en todo el viaje si podía adelantar o no, si iba ligero o debía apurarme, si tenía que prender el señalero o me olvidaba de apagarlo.
¡Cómo me gusta que mi mujer me explique cómo manejar hasta el Chuy!
Mi suegra me tapó a mate, me curtió a retos y no me dejó fumar en todo el viaje. Mi cuñada no paró de hablar del ex marido, de comer bizcochos y de reírse a los gritos. Mis nenas empezaron a pelearse apenas se sentaron en el auto, primero por la ventanilla y después… por todo lo demás. El mate con llantén empezó a hacer estragos en mi interior. Antes de llegar a Rocha la vejiga me amenazó seriamente. Cuando vi un matorral a mi derecha, escuché una orden que llegaba desde mis adentros: -“Pará y poné baliza”.-
Era mi vejiga hablando en perfecto castellano. Por suerte sólo yo la escuchaba. La miré… y cuando empecé a sacarme el cinturón de seguridad escuché una voz más fuerte que la de mi vejiga que decía:
-“¡Ni se le ocurra, yerno, ni se le ocurra! Ni se le ocurra hacer chanchadas que están mis nietas”.-
- “¡No joda doña, sus nietas son mis hijas!”-
-“¡No!”- agregó a la vez que me agarraba del brazo y no me dejaba levantar, -“además está su cuñada y estoy yo, aguante un poquito que ya llegamos”- insistió la vieja.
Pasando Castillos paramos a comprar unos butiá. La misma voz de unos kilómetros atrás me dijo claramente:
-“¿Y macho? ¿No ves que estoy para reventar?”-
Cuando mi suegra se distrajo, me fui en puntas de pie para atrás del kiosquito de tablas. En el momento en que me disponía a evacuar … la vieja me sorprendió al grito de -“Ramón…¿me presta 50 pesos para el butiá?….¡ degenerado!”
Guardé y seguí. Como no podía fumar ni orinar, le di de punta a los butiá.
Al pasar por la aduana saludé al funcionario, porque no sé de dónde saqué, que con un saludo me podía hacer amigo y así evitar la revisada cuando volviera. Como no me dio pelota, estacioné en la banquina, me fumé un cigarro de una sola larga pitada y arqueándome con la mano en la cadera le dije fuerte:
-“¿Ta’ friazo no?”-
-“Sí.”- me dijo el tipo sacando los ojos de un almanaque.
-“Somos de Maldonado, andamos de paseo. Saqué a las mujeres un poco. Para que descansen… los que quedaron allá”-
-“Ah”- me dijo el tipo. Volviendo a dirigir su mirada al almanaque.
-“Esta tarde vamos a pasar de vuelta, pero no vinimos a comprar nada. Ni una hering, ni pilas … nada.”-
-“Bueno”- dijo el tipo, sin dejar de mirar un papel en el que escribía.
-“Somos de Maldonado”-
-“Sí…ya me dijo”- dijo el tipo, mirándome por encima de los lentes de aumento.
-“Andamos en viaje de placer”- le dije acalambrado, orinándome, con hambre, cansado y con dolor de cabeza…  -“en viaje de placer andamos”-
El olor a alcohol del auto que iba adelante me terminó de marear, el primer lomo de burro me trajo a la realidad, dejé medio auto en el país hermano. Mi suegra vio unas sábanas y al grito de “¡Una Teka, una teka a 200 pesos!”- se tiró con el auto en marcha. Algo me perdí, porque mi mujer y las nenas ya la estaban esperando en la puerta del negocio. Estacioné y salí en busca de un baño: “Solo para clientes” me contestaban. Entré a un comercio y pedí un refresco y algo de comer: Guaraná y baurú completo. Tragué con los ojos cerrados y pregunté:
-“Ahora sí… ¿el baño?”-
-“No, eu no tein baño”- , me contestó amablemente el vendedor.
Ahora a mis intenciones de orinar se agregaban otras un poco más complicadas, el butiá y el Baurú comenzaban a darse una fiesta en mi barriga.
Deambulando, disimulando y transpirando me encontré con mi suegra que me pidió la llave del auto para dejar 14 bolsas con ropa, calditos knorr , sardinas, pilas , azúcar, garotos, ticholos y toallas.
Caminé con ella y el resto de mi gente por media cuadra mientras les contaba de mis urgentes necesidades orgánicas. -“A punto de reventar…”- le dije, a la vez que giraba la cabeza. Un señor de barba negra me miró con cara de no entender nada. Me di cuenta de que estaba hablando sólo desde media cuadra atrás. A los dos pasos mi jauría de mujeres había entrado a una tienda, con baba chorreando por los mentones, y con los ojos desencajados, atraídas por vaqueros de 150 pesos. No me preocupó demasiado haber hablado sólo por la calle. Vi que todos los maridos conversaban creyendo tener una esposa o un hijo al lado.
Otros fumaban dentro de los autos y yo los envidiaba, ninguno de ellos parecía estar orinándose ni con diarrea. Solo y sin baño me di cuenta de que empezaba a caminar arrollado. Me iba torciendo lentamente y la pera casi tocaba las rodillas.
En eso… escuché la voz de mi mujer que venía de adentro de otra tienda. Creí estar viajando a través del tiempo, yo la había dejado atrás …pero…. ella siempre estaba en otro comercio más adelante, entraba, salía, preguntaba precios, recordaba perfectamente dónde estaba el jogging más barato, dónde los championes, dónde los soutienes y dónde las toallas de baño. Y allí estaba…. sacudiendo en alto un calzoncillo rojo, gritando a todos lo que quisieran oír: -“¡Viejoooo, vení a probártelo, hace dos años que no te comprás ropa interior!”- Yo…verde, rojo, amarillo, le sonreí a la vendedora tratando que entendiera en mi sonrisa: -“No…no es cierto, yo tengo más de un calzoncillo, señorita”-.
El probador me quedaba chico, por lo menos 4 talles menos. Una especie de carpita en miniatura donde me costó colocar mis 108 kilos. Como pude, me las arreglé para bajarme el pantalón y mi ropa interior. Cuando estaba en un solo pie tratando de sacar una de las piernas, una voz en portuñol dijo algo así como: -“Este probador está vacío”- -“¡Nooo!”- grité desesperadamente -“¡no está va…!”-, pero ya era tarde.
Me arreglé la ropa como pude, arrollado caminé hasta el auto, estuve a punto de prender un cigarro, pero sentí que si pitaba y entraba humo seguramente algo se me iba a escapar del cuerpo por algún lugar, dejando el espacio que empezara a ocupar el humo. Pregunté en mil idiomas por un baño.
Mi mujer y mis hijas seguían llenando el auto con bolsas, envases, cajas de cartón, paquetes, latas y botellas. Una señora me preguntó si me sentía bien…yo ya no podía hablar. Crucé las piernas y comencé a saltar arrollado y en un solo pie. Los butiá me pasaban la cuenta y las manos me transpiraban. El mate se golpeaba ferozmente con el Baurú en mis adentros. En mis afueras, las lágrimas empezaban a correr por las mejillas. Allá adentro, el guaraná se trenzaba a golpes con el llantén, y los bizcochos con los ticholos. De pronto….alcancé a ver mi paisito. Allí estaba el Uruguay…enfrente….estaba parado a pocos metros de mi patria…y lo ví….ví claramente el cartel del restaurante y pude imaginar en su interior un baño blanco…hermoso… azulejado… con delicadas canaletas para la orina…..con puertas recortadas….con graciosos mingitorios, con….salté hecho una especie de nudo violáceo, mojado por las lágrimas y la traspiración. En un solo pie y sin aflojar ninguno de mis músculos salté y corrí hacia mi país….pero no alcancé a llegar…fue justo en la frontera…justo justo dando el paso…en el cantero del medio…entre los dos países hermanos…justo allí.
¡Cómo se extraña el paisito!
¡Qué difícil es volver!

 

 

 

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