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Rocha, Lunes 2 de octubre de 2017

ALGO MÁS QUE PALABRAS
PARA VIVIR HAY QUE SABER RESPETAR

 

Por Víctor Corcoba Herrero
Tenemos que respetarnos, hasta el punto de que el primer efecto a considerar, es inspirar un gran aprecio por todo ser humano, lo que nos exige articular nuevos abecedarios de acogida, de protección e integración de todas las culturas, sobre todo de aquellas que cultivan y laborean el intercambio intercultural desde el encuentro, favoreciendo así la centralidad armónica de la persona, siempre haciendo familia con el entorno. Desde luego, esta pedagogía anímica que nos da identidad de relación, aparte de que nos insta a escuchar al análogo, verdaderamente también nos trasciende y hermana. Sin duda, hemos de caminar juntos, este es el núcleo del diálogo, cuando se hace desde la autenticidad y la búsqueda del bien colectivo. De ahí que sea fundamental instruir en valores. Por desgracia, hoy en el mundo tenemos una escasez de maestros bien capacitados. Confiemos que la demanda de docentes aumente, cuando menos la Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible confía a la UNESCO  a dirigir y coordinar el Objetivo de Desarrollo Sostenible 4: Educación de Calidad a través del Marco de Acción Educativa, que tiene como objetivo el aumento sustancial de los docentes profesionalmente cualificados.
Indudablemente, la educación transforma existencias, encauza caminos, reconstruye vidas en firme. Para empezar, no podemos continuar con este espíritu que nos desune, aparta y separa. Necesitamos reunificarnos en familia, como un factor de integración de valores, pues sin ella es imposible acrecentar esa comunión de personas, unidas por la entrega generosa. Hemos de reconocer que hay un desarraigo cultural que nos destruye. Debiéramos estimar mucho más la cercanía y la intensidad de los vínculos, que son los que en definitiva nos fraternizan como especie. Precisamente, el educador que lo es en verdad y por vocación, engendra ese sentido espiritual de unión y unidad. Convencido de que para saber vivir hay que saber antes respetar, entiendo, que únicamente por esa transmisión ejemplarizante de quien predica con el ejemplo, el ser humano llega a humanizarse, o sea, a revivirse solidariamente, lo que nos activa hacia un mundo más conciliador y responsable con la transmisión de la vida.
En todo caso, si vivir es una destreza, caminar también es realmente una estética,  una empatía, donde ha de primar la admiración de los unos hacia los otros. Este arte por comprender emociones y abecedarios diversos es lo que realmente nos humaniza. En este sentido, yo también defiendo la idea de que los viajes y el turismo contribuyen a abrirnos más la mente, con lo que esto supone de avance y entendimiento, además de ser el medio de vida para muchas personas. No podemos continuar instalados en la inhumanidad. Esto suele pasar cuando los que nos gobiernan pierden la compostura, también los que obedecen, por esa falta de referentes, suelen perder la mesura. Pero aún así, tenemos corazón, aunque muchas veces no sigamos sus latidos al pie de la letra, pero es nuestra fuente de esperanza y el anhelo mueve montañas. Por tanto, al no ser piedras, tampoco se puede negar la dignidad a ningún ser humano. La creciente explotación física, económica, sexual, nos está encadenando a la deshumanización y a la humillación. Por eso, hemos de hacer frente a la multitud de esclavitudes modernas totalmente irrespetuosas con buena parte de la ciudadanía. Sostenidos por los ideales de nuestros valores humanos, todos podemos y debemos hacer mucho más por levantar el estandarte del afecto mutuo y dentro de un espíritu de sinceridad.
Posiblemente, en muchas partes del mundo, tengamos más hambre de aprecio que de alimentos. En  ocasiones, vemos que nadie respeta a nadie, ni tampoco nos respetamos a nosotros mismos. Esto es grave, gravísimo, ya que el primer efecto del amor es inspirar una gran reverencia por el mismo yo, para poder luego conjugarlo en los demás. Difícilmente puedo amar a nadie si yo no me quiero, ni se quererme. En consecuencia, las fibras que nos amarran son hilos de necesidad.  Y, efectivamente,  la mayor miseria que estamos atravesando es no saber vivir en comunión, ni en comunidad. Hay una falta de  modales a todo y hacia todo que nos deja sin aire. Ojalá descubramos en nuestras familias, en las escuelas, en las sociedades de espíritu democrático, el respeto del hombre como ser en desarrollo, en formación, como ser racional en suma. Será la manera de impulsar un respeto por el pasado y una expectativa por el porvenir.

 

 

 

 

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